¿Puede ser Tom Hanks un buen villano?

Publicado el 02/07/2022 por Minuto Paraná

Los espectadores pueden quedar sorprendidos ante la visión que los saluda en el mismo comienzo de Elvis, la película de Baz Luhrmann estrenada la semana pasada en el resto del mundo y que llegará a la Argentina la semana próxima. Ese grotesco hombre excedido de peso, con piel cetrina, de aspecto envejecido y enfermizo que asegura que no, que él no mató a Elvis Presley, es nada menos que Tom Hanks.

El célebre actor, seis veces nominado al Oscar al Mejor Actor y ganador en dos años consecutivos, es el mismo que interpretó al santo inocente de Forrest Gump (1994, que le dio una de sus estatuillas doradas) y al heroico abogado y víctima del sida que se enfrenta al establishment en Filadelfia (1993, su otro premio de la Academia). Pero aquí aparece bajo una luz muy diferente. Estamos tan acostumbrados a ver a Hanks inetrpretando a héroes desinteresados como el comandante de una aerolínea que lidia con el desastre en Sully (Clint Eastwood, 2016), o a sus representaciones del adorable “tipo común” como el afligido esposo de Sintonía de amor, la exitosa comedia romántica que Nora Ephron dirigió en 1993, que es todo un sobresalto que no aparezca en pantalla como un epítome de la decencia.

En 1971, Richard Attenborough fue elegido para encarnar al necrofílico asesino serial inglés John Christie en la macabra biopic de Richard Fleischer El estrangulador de Rillington Place. Viendo a Hanks como el sórdido, corrupto Coronel Tom Parker, firmando engañosos contratos a nombre de Elvis con mafiosos propietarios de casinos en Las Vegas, es casi tan sorprendente como lo fue ver al Christie de Attenborough drogando y estrangulando a jóvenes mujeres.

Sucede eso porque, como Attenborough, Hanks es amado y venerado. Incluso si Hanks es capturado puteando en público -como sucedió hace un par de semanas, cuando un fan algo exaltado se llevó por delante a su esposa en un restaurant-, la prensa reacciona con consternación. ¿Por qué, entonces, sería Luhrmann tan perverso de pedirle a Hanks que se encargue de Parker, el showman estafador que manejó la carrera de Elvis?

Incluso que el Coronel haya sido alguna vez Coronel es un punto discutible. En la película, cuando se encuentra por primera vez a Elvis, es un oscuro promotor de feria y manager musical con un buen ojo para advertir las grandes oportunidades. El advierte  que todos están escuchando un éxito temprano de Elvis, “That’s Alright”, y descubre que el cantante es blanco. Elvis, se da cuenta, es potencialmente el más lucrativo ticket de comida que se ha cruzado y se cruzará jamás en su vida.

De todos modos, Luhrmann da señales de que esta no va a ser la típica performance de Hanks desde el mismo principio, enevjeciéndolo y agregándole peso. La corpulencia del Coronel hace que se lo vea aún más moralmente grotesco.

“No estoy interesado en la malevolencia, estoy interesado en la motivación”, le dijo el actor al New York Times en una entrevista reciente de promoción del estreno de Elvis. En su interpretación, Parker es cínico y oportunista. Sus decisiones comerciales hacen millonario a Elvis y a él aún más rico, pero llevan inexorablemente a la destrucción del cantante. Permite que Elvis se haga adicto a las drogas de prescripción médica y lo lleva a explorar toda oportunidad comercial de bajo nivel a disposición, sea vender juguetes con la marca de Elvis, electrodomésticos o incluso pulóveres navideños. Elvis no puede hacer giras internacionales porque Parker es en realidad holandés y permanece en Estados Unidos de manera ilegal. Si deja el país, lo aterroriza la posibilidad de que no lo dejen volver a ingresar.

Pero si se mira a través de la historia del cine, de todos modos, se encontrarán muchos otros ejemplos de ocasiones en los que los directores eligieron deliberadamente a los más piadosos actores para retratar a los personajes más diabólicos.

Henry Fonda en Erase una vez en el Oeste (Imagen: AFP).

¿Por qué el director de spaghetti westerns Sergio Leone eligió a Henry Fonda, el estadounidense de ojos azules que era el héroe de todos, para interpretar al más duro y sádico asesino imaginable en Erase una vez en el Oeste, de 1968? ¿Qué llevó al adorable payaso Robin Williams -la estrella de Mrs. Doubtfire y Jumanji- a interpretar al untuoso, muy siniestro técnico fotográfico que protagonizaba el oscuro thriller de Mark Romanek Retratos de una obsesión (2002)?

Y ahí está Tony Curtis, la afable estrella de Una Eva y dos Adanes de Billy Wilder, apareciendo como el desquiciado asesino en masa Albert DeSalvo en El estrangulador de Boston (Richard Fleischer, 1968), el reverenciado actor británico Alec Guinness pensando que era una buena idea interpretar al Adolf Hitler de pelo revuelto y mostacho en Los últimos diez días de Hitler (1973); y la ganadora del Oscar Octavia Spencer, la querible y resiliente heroína que confrontaba al racismo y sexismo cotidiano en Historias cruzadas (2011) y Talentos ocultos  (2016), aterrorizando a todos esos adolescentes en la película de horror Ma (2019), de Tate Taylor.

En cierto nivel, estos son ejemplos de un casting atrevido. Los realizadores le están dando un buen sacudón a la audiencia jugando con sus expectativas. Actores y actrices en quienes se piensa que se puede confiar, y de pronto exhiben una maldad extrema.

En muchas de sus películas, Alfred Hitchcock podía dar indicios de los instintos básicos de personajes interpretados por protagonistas masculinos populares como James Stewart y Cary Grant. ¿Eran voyeurs o asesinos o sádicos sexuales? Hitchcock inquietaba a los espectadores con esos interrogantes.

Ciertos actores se convierten en el equivalente a monumentos nacionales. Para algunos directores, la tentación de grafitear esos monumentos es abrumadora. Como escribió Christopher Frayling en su biografía de Leone, el realizador italiano quería “impactar al público” con el contraste entre el personaje que Fonda interpretó en Erase una vez en el Oeste y “el rostro de Fonda, un rostro que durante tantos años había simbolizado la justicia y la bondad.” Era como si Leone estuviera convirtiendo a Abraham Lincoln en Charles Manson.

Al mismo tiempo, es probable que una película tenga una profundidad emocional extra si el villano es representado de una manera más compleja y sutil. Al ver Perdida (2014), uno no espera que la Amy de Rosamund Pike, una bella, santa esposa que  ha desaparecido en el día del quinto anivesario de su casamiento, sea revelada como una intrigante villana. Lo más cerca que Pike había estado previamente del lado oscuro había sido cuando interpretó a la traicionera Miranda Frost en la película de James Bond Otro día para morir (2002), pero allí era de un modo irónico, cerca de lo kitsch, y no preparaba a los espectadores para los extremos maquiavélicos que alcanzaba el plan diseñado contra su marido, el desventurado Ben Affleck, en Perdida.

Hay una medida similar de sopresa cuando el detective de Denzel Washington en Día de entrenamiento (Antoine Fuqua, 2001), que le está enseñando las reglas básicas al más joven detective de Ethan Hawke, se revela como un psicópata acosador y sanguinario. Aparece como alguien infinitamente más peligroso que cualquiera de los narcotraficantes y asesinos ostensiblemente ubicados del otro lado de la ley. “¡King Kong no me va a cagar a mí!”, le grita el detective a la multitud que lo rodea cuando su poder se está desvaneciendo.

Washington es en el cine de Estados Unidos una figura totémica, que ha recibido múltiples nominaciones al Oscar y al Globo de Oro. Ha interpretado a figuras históricas como el activista anti-apartheid Steve Biko en Grito de Libertad (Richard Attenborough, 1988) y al líder radical por los derechos humanos en Malcolm X (Spike Lee, 1992). Los fans respetan esas performances pero aún así suelen tener memorias más vívidas de él como el maquinador policía con un temperamento volcánico que en todos los otros héroes que supo encarnar.

Al Pacino como Tony Montana en Scarface.

Lo mismo aplica a Al Pacino. El es uno de los grandes actores del Método, pero una de las escenas que los fans más disfrutan de todo su trabajo es la de su gangster Tony Montana en medio de una lluvia de balas en el final de Scarface (1983). Sí, estaba muy  bien -y semivillanesco- en El Padrino y en Tarde de perros, pero esas performances palidecen ante la pirotecnia de Scarface, cuando está disparando ráfagas con su ametralladora antres de caer él mismo acribillado.

La atracción de encarnar a villanos es obvia. Puede ser lucrativa. Angelina Jolie disfrutó su mayor éxito en taquilla cuando abrazó el lado oscuro y encarnó a la reina malvada en Maléfica (2014). Es un modo en que los actores y actrices “limpios” muestren una nueva dimensión, y a menudo ganen un premio en el proceso. También es divertido. Meryl Streep parece estar disfrutando mucho más cuando interpreta a una editora de revistas extremadamente cáustica en El diablo viste a la moda (2006) que cuando está sufriendo por su arte, poniendo el cuerpo a todos esos personajes santurrones con acentos raros en algunos de sus primeros papeles.

Angelina Jolie en Maléfica (Imagen: Disney)

En ciertas ocasiones, las estrellas atrapadas en un escándalo pueden reparar sus reputaciones interpretando villanos. Ahora puede ser duro para el público aceptar a un Will Smith como el protagonista convencional luego de su ataque a Chris Rock en la entrega del Oscar de este año, pero esto podría liberarlo para tomar personajes más complejos, menos impecables.

Mucho antes de su asesino serial de El estrangulador de Rillington Place, un Attenborough de aspecto mucho más fresco había sido Pinkie Brown, el líder de pandilla armado con navaja en El joven Scarface (1948), adaptación del director John Boulting de Brighton Rock de Graham Greene. Más tarde en su vida, Attenborough aún estaba atormentado por una reseña del Daily Express en la que el crítico Leonard Mosley se había referido a él como “un granujiento y repelente adolescente”, y había sugerido que “la versión del Pinkie de Graham Greene en la película es tan cercana a lo real como el Pato Donald se parece a Greta Garbo.”

En el caso del Elvis de Luhrmann, hay tal reserva de buena voluntad hacia Hanks que puede asumir a un sinvergüenza como Parker sin afectar su reputación. Podría decirse que el problema con su trabajo es que no resulta lo suficientemente villanesco. Con su sombrero y su traje de safari, tiene un encanto campechano, algo caricaturesco. Hanks fue un matón de la mafia en Camino a la perdición (Sam Mendes, 2002), y ocasionalmente se ha alejado de lo típico en otros roles, pero no es suficiente. Si realmente quiere probar sus credenciales como un villano de la pantalla hecho y derecho, tendrá que ir a fondo por el método Attenborough y ser un asesino serial.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

 

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